Nuestro último viernes

Nunca se lo he dicho abiertamente a nadie, porque supongo que es una experiencia humana común el no querer trabajar, pero a mí me resulta verdaderamente insoportable tener que cumplir con esa responsabilidad adulta de desperdiciar la energía y el tiempo en algo completamente intrascendente, de lunes a viernes, 8 horas diarias, solo para no morir de hambre ni frío. Lo odio. Odio hablar con la gente de cosas que no me importan, odio nunca sentirme lo suficientemente capaz, odio fingir que tengo todo bajo control, odio mentir, odio competir, odio sentirme presionada.

Mi vida era monotonía antes de conocerte. Todas las semanas esperaba que llegara el viernes para poder descansar de ese sinsentido por lo menos 2 días. Sin embargo, los fines de semana eran demasiado cortos, y también vacíos. Pensaba: “¿Es este el resto de mi vida?” Claro, intentaba llenar ese hueco en mi alma con música, con baile, con teatro, con libros, pero aun así me sentía cansada, rota, sola, sin nadie con quien poder compartir mis pensamientos más profundos, los más vulnerables y vergonzosos. ¿De qué me sirve toda la cultura del mundo, si no hay nadie a quien poderle expresar cuánto me conmueve?

Cuando te conocí no dejé de esperar solo el fin de semana, mas ahora tenía la ilusión un poco infantil de verte, de conocerte, de compartir un momento efímero, pero especial. Al mismo tiempo, tenía mucho miedo de volverme a abrir a alguien después de tantos años, de mostrarme más allá de las apariencias, de hablar de mí y de mi vida, que por cierto a mí siguen sin parecerme tan interesantes. Fue de mucha ayuda que tú fueras tú, tan abierto y tan cálido desde el principio. Contigo por fin me sentí vista, aceptada, acompañada. Poco a poco fue desapareciendo el miedo y quedó solamente la ilusión del viernes. No dejé de odiar el estúpido trabajo, pero al menos el peso de mi hastío era mucho más ligero gracias a ti.

Me fascinaban tu mente, tu energía y tu historia. Un caos total. Hablabas tan rápido y saltabas de una idea a otra con tanto desorden que a veces ni siquiera te entendía. Me interrumpías con entusiasmo porque dije algo que te recordó algo, y aunque a veces eso me molestaba, tu capacidad de asociar los conceptos más dispares me cautivaba. Decías las cosas sin pensarlo, y aunque a veces eso me dolía, también lo apreciaba porque significaba que eras transparente, que eras auténtico, que podía confiar en ti. Has vivido como 3 vidas en una sola, tus tragedias parecen sacadas de una novela latinoamericana, eres la suma de tus anécdotas y las de tus tantísimos amigos a los que amas. Por fuera, eras todo lo contrario a mí. Por dentro, teníamos un quilombo semejante.

Me encantaba que contigo podía hablar de los temas más místicos y espirituales, y al minuto siguiente de los más profanos y viles. Podíamos estar escuchando a Mozart para casi de inmediato escuchar y bailar unas cumbias villeras. Contigo podía decir los comentarios más políticamente incorrectos que por lo general me guardaba para mí, para no ofender a nadie, pero a ti incluso te gustaban y te causaban mucha gracia. Podía decir lo que quisiera, y lo más increíble, quería decirlo, yo que nunca quiero decir nada. Nos entendíamos porque los dos crecimos en el barrio, sin muchas ventajas en la vida, pero que por algún motivo inexplicable nuestra mente no se conformó y quiso volar más alto, ver más allá, aprender más. Por la misma razón no pertenecíamos definitivamente en un lado ni en el otro, pero pertenecíamos en medio, juntos.

¡Y todavía te preguntas qué tienes de especial para que me haya enamorado así de ti, hombre bello y único!

Ese último viernes sentí el mismo vacío que sentía antes de conocerte. Se acabó la semana laboral, ¿y ahora qué? Ya no tengo nada que hacer ni a nadie a quien ver. Otra vez estoy sola. Pero recordé que justamente por eso iba todos los viernes a los conciertos de la orquesta sinfónica, donde nos conocimos, porque mi mamá me llevó por primera vez hace 17 años cuando mi yo adolescente creía que ya no valía la pena vivir. La música en vivo me recordaba que aún había algo hermoso en este mundo, que aún podía sentir cosas sublimes, que aún había cosas que escuchar, que hacer, que descubrir. Incluso sola. Sobre todo sola. La música era solo para mí, para nadie más. Así que decidí ir, aun con la aprensión de poder encontrarte ahí.

No estoy siendo del todo sincera. Sí fui al concierto por la música y para distraerme un poco del dolor, pero también fui con la esperanza un tanto vana de cruzarme contigo. Me puse el mismo vestido y el mismo anillo que llevaba cuando nos conocimos. Cuando pedí el Didi, me sugirió como destino tu lugar de trabajo, donde antes nos hubiéramos encontrado. Cuando pasé por tu trabajo, te vi ahí solo, preparándote para irte, y vi el asiento donde antes yo hubiera estado sentada, mirándote enamorada, esperándote. Al verte mi corazón dio un brinco de alegría mientras mi esperanza crecía.

Llegué a la sala de conciertos, muy nerviosa. En la entrada recordé cuando te vi llegar para nuestra primera cita y no podía creer que un hombre tan guapo estuviera ahí para verme a mí. Cuando compré mi boleto recordé cuando tú pagabas el mío y me hacías sentir toda una dama. Hice lo mismo que hice ese día que te conocí: me senté en la cafetería a observar a las personas mientras me tomaba una copa de vino tinto. De nuevo era la única que estaba sola. Tenía vista directa a la entrada y todo el tiempo estuve al pendiente por si llegabas. Pensé que tal vez primero pasaste con tus amigos a tomarte un té o un café y que llegarías de último momento como siempre. Mientras tanto observaba el tramo por el que salimos caminando la vez que nos conocimos. Recordé las cosas que nos dijimos, lo nerviosa que estaba. Recordé que al despedirnos, contra todo pronóstico obtuve tu cuenta de Instagram y tu número de teléfono, porque no podía aceptar que esa fuera la última vez que nos viéramos. Recordé que me abrazaste aunque nos acabáramos de conocer.

Dos veces aparecieron en la entrada individuos parecidos a ti: delgados con cabello negro, chino y alborotado, vistiendo ropa no muy formal para la ocasión, pero nadie tan lindo como tú. Las dos veces me dio un vuelco el corazón. La gente de la cafetería empezaba a retirarse para tomar sus asientos en la sala. Incluso vi al director de la orquesta pasar. Entretanto yo seguía ahí, esperando, casi resignada. Me puse a mí misma el límite de irme 5 minutos antes del concierto porque no hay manera de que yo sea una impuntual.

Estaba a punto de irme cuando te vi entrar. Me levanté como resorte y caminé hacia ti, tratando de que todo pareciera algo fortuito. No sé si me viste e intentaste esquivarme, porque diste un giro muy brusco y te dirigiste hacia el baño. Mi corazón se rompió un poquito. Tardé en formarme en la fila con la esperanza de que regresaras y pudiera hablar contigo, aunque fuera unos cuantos minutos. Justo cuando estaba a punto de entrar, te vi regresar. Te saludé sorprendida como si no te hubiera visto antes, como si no hubiera estado pensando en este encuentro las últimas horas.

Hablamos tranquilamente, como amigos. No respetamos nuestros números de asiento y nos sentamos juntos hasta atrás en la esquina, para apaciguar tu ansiedad de no poder salir rápidamente en caso de emergencia. Recordé que por suerte el día que nos conocimos decidiste sentarte en el lugar que te había tocado, junto a mí, a pesar que desde ahí no podías escapar tan fácilmente. Hablamos durante el concierto e incluso el sujeto de enfrente se sintió con el derecho de hacernos callar. Recordaste que no me gusta la ópera sin actuaciones y que yo dije que Mozart era mainstream. ¿Tal vez por eso pensaste que probablemente no iría y así no tendrías que verme? Yo estaba nerviosa otra vez. Tú cerrabas los ojos como usualmente lo hacías y yo sin saber si te estabas durmiendo o solo estabas disfrutando la música. Te vi hermoso como siempre. Te amé como siempre.

Terminó el concierto, temprano como la vez que nos conocimos. Recordé que eso me dio la excusa perfecta para dirigirte la palabra aquella vez. Te levantaste de inmediato y me dijiste que ibas al baño. Temí que simplemente te desaparecieras y me dejaras ahí abandonada. Salimos a la calle juntos y yo no sabía a dónde ir, si irme ya a mi casa. Me preguntaste si quería ir a la cafetería donde siempre te reúnes con tus amigos y a donde siempre íbamos después de los conciertos. Por supuesto que dije que sí. Caminamos y hablamos sobre la ópera. Me emocioné de que todo fuera como antes, de que tal vez todo había sido solo una horrible pesadilla, una prueba del destino, un terrible error que aún tenía arreglo.

Casi al llegar tuvimos una última charla sobre nosotros que honestamente yo forcé, porque no sabía cuándo volveríamos a hablar a solas, si es que volvíamos a hablar algún día. Los últimos días habías estado postergando verme y ya sabes que a mí la incertidumbre me mata. Ahí en la obscuridad de la noche bajo la luna llena, rodeados de personas sumamente sospechosas, te obligué a que me miraras a los ojos y me dijeras la verdad. Entonces por fin entendí lo que no había entendido unas semanas antes cuando decidiste dejarme: que no me amas y que tal vez nunca me amaste, al menos no como yo a ti.

Con toda la compostura que fui capaz de reunir, estuve en la cafetería contigo y con tus amigos, que me gusta creer que ahora también son mis amigos, platicando, cheleando, fumando, recordando los viejos tiempos no tan viejos, deseando que pusieras tu mano sobre mi pierna, que me dijeras “beba”, que me preguntaras si tenía hambre, que me besaras la cabeza, que me hicieras hablar, que me cantaras mi canción que aún no me atrevo a escuchar de nuevo, que contaras a todos algo íntimo mío o de nosotros, que nos fuéramos juntos. Pero nada de eso pasó, y te noté más distante que nunca. Por eso fumé muchos cigarros sabiendo que tal vez eran los últimos, no queriendo irme, pero tampoco queriendo quedarme.

Agarré fuerzas, pagué mi cuenta y me quedé sin dinero. Pedí el Didi y me sugirió tu casa, a donde antes nos hubiéramos ido a hacer el amor y tal vez ver una película y quedarnos dormidos. Me despedí de ti con un beso en la mejilla y un abrazo, diciendo que te llevaré siempre en mi corazón, porque es verdad. Me dijiste adiós con la mano a través de la ventana del auto, sonriendo. Sentí que me faltaba tu brazo sobre el que me recargaba, tu cabello suavecito que me gustaba oler y acariciar, tu voz siempre amable. Me puse a llorar quedito, con vergüenza de que el conductor se diera cuenta y tratara de consolarme.

El día anterior habríamos cumplido 5 meses juntos. Sin contar el último mes, los meses más felices de mi existencia. Ojalá hubiera durado más.

Ese viernes (o sábado en la madrugada) por primera vez en 5 meses me regresé a mi casa sola, con el corazón destrozado y mis sueños arruinados, enfrentándome otra vez al abismo.

#df