Aquí escribo

Desafortunadamente nací un 10 de mayo, el Día de la Madre en México.

Mi mamá empezó con el trabajo de parto el 9 de mayo, pero supongo que de alguna manera ya sabía que mi vida sería sufrimiento, por lo que me resistí lo más que pude en desalojar la comodidad y seguridad del útero. Fui necia desde antes de nacer. Según los relatos, el doctor que atendía a mi mamá tenía un hijo que estaba estudiando medicina. Mi mamá sentía que todavía aguantaba unas horas más, pero alrededor de las 3 y media de la tarde de un fatídico 10 de mayo y en contra de mi voluntad, me sacaron con violencia de mi preciado refugio a través de una cesárea. Hasta la fecha mi mamá cree que le metieron cuchillo solo porque el doctor quería enseñarle a su hijo cómo hacer el procedimiento. Como consecuencia, ahora porta una horrorosa cicatriz en nombre de la ciencia y la educación.

Haber nacido el Día de la Madre ha sido una verdadera maldición. En México, las madres son veneradas casi como seres divinos. En casi todos mis cumpleaños fui casi completamente ignorada. Primero se felicitaba a todas las madres de la familia, y al último, con algo de suerte, me cantaban Las Mañanitas a mí. En la escuela, o no había clases ese día o estaba dedicado al festival de las madres; nadie se acordaba del cumpleaños de su tranquila compañerita. La única vez, ya siendo adulta, que llegué a organizar un festejo por mi cumpleaños, solo llegó 1 persona aparte de mí; los demás tenían que festejar a sus mamás, porque qué hijo tan desalmado se atrevería a abandonar a su madre en su día especial, aunque todos los demás días fuera un reverendo culero con ella. Incluso hubo alguien que me dijo que era su expectativa que yo no le robara protagonismo a mi mamá en ese día, aunque fuera mi cumpleaños. Ni siquiera podía salir a festejarme a mí misma, porque ese día la ciudad es un completo caos y todos los restaurantes están llenos. Las únicas veces en que mi cumpleaños fue realmente mi cumpleaños, fue en países en que el Día de la Madre no es un día fijo como en México, y las mamás son importantes, pero no al grado de llevarles serenata bien borracho en la madrugada.

Pero lo que más me molestaba aunque no entendiera bien el motivo, era una frase que se me repitió hasta el cansancio, como si fuera algún tipo de premio de consolación: “Ay, cuando seas mamá, te darán regalo doble”. Eso me lo decía todo mundo, tanto conocidos como extraños. Supongo que mi mente infantil no llegaba a procesar el significado completo de esa frase, pero en el fondo intuía: “No recibo nada ahora, pero en el futuro será incluso doble recompensa. ¿Entonces tengo que convertirme en madre para dejar de ser ignorada?” La palabra clave en esa frase era “cuando”; nunca existió la versión en que se me dijera: “si decides ser mamá”.

Realmente yo nunca tuve el instinto materno que se les despierta a muchas desde la infancia. Mi mamá cuenta siempre a quien quiera escuchar, con un ligero tono de pesar y decepción, que a mí nunca me gustó jugar con muñecas. Por mi iniciativa propia yo nunca hice juego imaginativo de creerme mamá, doctora o maestra. Eso solo lo hacía con otros niños porque me estaba adaptando a ellos y la mitad del tiempo me la pasaba confundida. En solitario, mis juegos de niña eran más bien funcionales. Sí, sí tenía Barbies™ (piratas, por supuesto), pero no me inventaba telenovelas de que tuvieran novios, esposos, hijitos, amigos o trabajos serviciales. Lo que me gustaba era diseñarles y confeccionarles ropa alucinante con la maquinita de coser que me regaló mi tía favorita. Me gustaba ponerlas en su camioneta o bicicleta y empujarlas fuerte por el escalón para ver qué tan lejos llegaban volando. El único bebé de juguete que tuve, que también me regaló mi tía favorita, lo pedí porque en la tele lo anunciaban como un bebé que comía de verdad y yo tenía que descubrir cómo funcionaba eso (conclusión: no era gran ciencia).

Hasta los 30 años yo decía que no quería tener hijos cuando me lo preguntaban, aunque el nacimiento de mis sobrinos a mis 21 y 25 años respectivamente, me hizo dudar varias veces, sobre todo porque todos vivíamos en la misma casa, así que los vi crecer, los cuidé, les di de comer, los bañé, los consentí, los vi dar sus primeros pasos, escuché sus primeras palabras, les ayudé en sus tareas escolares, fui a sus festivales, ¡incluso les cambié el pañal sin sentir asco! En mi galería tengo muchísimas más fotos de ellos que de mí misma. Siendo sincera, los amé desde el momento en que me enteré que mi cuñada estaba embarazada. Honestamente puedo decir que es el amor más profundo, bonito, honesto e incondicional que he sentido en mi vida y ese amor solo ha crecido con el tiempo. Ha sido una experiencia verdaderamente sorprendente para mí.

Fue alrededor de los 30 años que empezó a darme el famosísimo baby fever.

Continuará…

#cumpleaños

A menudo se dice que las personas autistas no podemos mentir, pero en mi caso yo sí puedo mentir bajo circunstancias muy específicas, aunque a un altísimo costo emocional.

Hoy en el trabajo hice mi primera demostración al cliente canadiense de los tests automatizados que implementé. Mi empresa me “vendió” como una experta en la herramienta que es de hecho bastante nueva, pero la realidad es que aprendí a usarla solo unos días antes de comenzar el proyecto. Hasta ahora el cliente se la ha creído por completo y hasta me felicitaron por la demostración.

Estos años trabajando en tecnología he aprendido a mentir sobre mi experiencia real, aunque no ha sido nada fácil. Odio las entrevistas porque siento que en cualquier momento voy a revelar la verdad por accidente.

Mentir en el trabajo demuestra que puedo mentir si lo percibo como una orden que viene de arriba y si está en juego mi supervivencia. ¡Sin trabajo no tendría dinero para comer ni para tener un lugar donde dormir!

Otro motivo por el que puedo mentir o al menos mantener parte de la verdad oculta, es cuando considero que ser honesta haría demasiado daño emocional a la persona que me escucha.

Al parecer tengo una jerarquía de principios y valores por la que guío mis acciones en la vida, y si tengo que mentir por el que creo que es el bien mayor, entonces lo haré.

Se me ocurren dos ejemplos:

El primer ejemplo es que me juré a mí misma no decirle a nadie de mi familia que soy atea, al menos mientras mi abuelita viviera, porque esa noticia la destrozaría. Llegué al punto de ir a misa con ella y comulgar, aunque yo no creyera ni me hubiera confesado en años. Hasta ahora solo mi familia nuclear lo sabe, pero sospecho que creen que sigo atrapada en un tipo de rebeldía adolescente. Los demás no lo saben aún después de que mi abuelita haya muerto, porque en realidad temo que muy probablemente me exilien.

El otro ejemplo es que cada año desde hace 13 años he tenido que pasar por la insoportable época navideña y de Reyes Magos mintiéndoles a mis sobrinos. Mi sobrino ya sabe la verdad, así que con él ya no tengo que fingir, pero mi sobrina aún es pequeña y llena de ilusiones. No quiero ser yo quien le rompa el corazón, pero es difícil controlarme. Han sido incontables las veces en que he estado a punto de decir algo que no cuadra con la mentira colectiva y me han tenido que callar. Me genera angustia imaginar el momento en que mi sobrina se entere y se dé cuenta de que yo formé parte de este engaño. ¿Cómo se puede volver a confiar después de algo así?

Otro motivo por el que puedo mentir u ocultar parte de la verdad, es cuando quiero que algo continúe siendo privado, cuando considero que es irrelevante proporcionar esa información o cuando simplemente no quiero dar explicaciones. Pero con una pregunta lo bastante directa o con suficiente insistencia, usualmente termino diciendo toda la verdad.

Tengo algunas hipótesis de por qué me es tan difícil mentir.

En primera, no tengo la memoria suficiente para recordar todos los detalles de una mentira y sus posibles ramificaciones, sobre todo cuando la mentira requiere añadir cada vez más mentiras para mantenerla. No tengo el espacio en mi cerebro para almacenar semejante complejidad.

Otra hipótesis y esto tiene más que ver con el autismo, es que me he dado cuenta que necesito mantener la coherencia interna para sentirme bien. Las mentiras crean disonancia en mi mente y tengo que volver a un estado mental estable. Es como la homeostasis pero para mis pensamientos.

Por eso me cuesta tanto emocionalmente mantener una mentira y eventualmente tengo que confesar, a pesar de las consecuencias. Esa es una de las razones por las que mis relaciones románticas fallan e incluso mi mamá me ha aconsejado: “Ya no lo digas todo. Aprende a tener secretos”. Pero no puedo. Si algo me molesta o me duele, no puedo decir que estoy bien o que no pasa nada. Si me quedo callada, se acumula mucho resentimiento dentro de mí que tarde o temprano explota.

Esa necesidad de mantener la coherencia interna es uno de los rasgos que según yo más definen el autismo, al menos en mi caso. De ahí provienen también la rigidez mental y las rutinas.

En fin, así nací y así me moriré. Los que se queden serán los indicados.

#autismo

Cheleando con los compañeros de baile, hablábamos sobre cómo los hombres pueden lograr que las mujeres se enamoren bailando.

A mí se me ocurrió decir que yo me “enamoré” cuando uno de nuestros compañeros hizo un paso que en salsa se llama open break.

A nadie le interesó saber cómo o por qué me había “enamorado”; sólo insistían en saber de quién me había “enamorado”. Por supuesto que no lo revelé. Hasta ahora nadie lo sabe y nadie lo sabrá nunca.

Yo creía que me había “enamorado” porque el sujeto en cuestión era guapo y además yo apenas estaba aprendiendo a bailar. Tal vez ese paso nuevo había sido demasiado impactante para mí.

Pero ahora creo que se trata de otra cosa porque me volvió a suceder recientemente a pesar de que ya llevo más de 1 año bailando, el susodicho es atractivo pero para nada mi tipo, y ni siquiera habíamos empezado a bailar; sólo me estaba sosteniendo las manos.

Si el factor determinante fuera qué tan guapo me parece el hombre con el que estoy bailando, ya me habría “enamorado” de varios más, pero no.

Y ni siquiera es que me enamore de verdad, ni que desee sexualmente al tipo, ni nada de eso, sino que en ese momento preciso siento un tipo de energía difícil de explicar que activa algo en mí.

Porque sí, el baile es algo muy energético aunque suene a jalada new age (los que me conocen saben que yo creo prácticamente en nada). De verdad se siente cuando un hombre está nervioso o inseguro, o cuando se cree lo máximo aunque ni baile tan chido.

Algo que me fascina del baile es que puedes repetir exactamente la misma secuencia de pasos con varias personas, bailando la misma canción, en el mismo día, prácticamente bajo las mismas condiciones, y con ninguna persona se siente lo mismo.

Lo que yo creo que pasó con estos dos sujetos es que me hicieron sentir protegida. Su expresión corporal me decía: “confía en mí, sé lo que estoy haciendo, yo te cuido, tú sólo déjate llevar”. El primero en específico me tomó con fuerza, pero también con delicadeza. El segundo me guiñó el ojo y sonrió con mucha seguridad.

Otra cosa que influye en mi caso es que yo soy una mujer muy masculina, competitiva y dominante (no en todos los aspectos). De hecho nunca he tenido problemas de ritmo o coordinación, sino que lo que más me cuesta del baile es dejarme guiar por otra persona porque yo quiero mantener el control, y eso es justamente lo que he tenido que corregir en clases.

Entonces en la rara ocasión en que llega un hombre con más fuerza que yo (y no me refiero a fuerza física), siento que por fin puedo soltarme y confiar. Ocurre una de esas vainas biológicas y neurológicas extrañas.

Y bueno, también están mis daddy issues, pero por ahora no analizaré eso.

Me da mucha vergüenza todo esto porque suena a novela romántica chafa, a conspiración salida de la manosfera, a que mi sueño es ser la esposa trofeo, pero es real, y no puedo negarlo sólo porque no parece algo que diría una mujer con mis ideas “feminazis”.

#baile

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